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Esperando justicia 57 años después de la matanza de Palma Sola

Este sábado 28 de diciembre de 2019 se cumplen 57 años de la brutal matanza o genocidio contra los simpatizantes del Olivorio Mateo hecho ocurrido en la comunidad de Palma Sola, Las Matas de Farfán, provincia de San Juan de la Maguana, República Dominicana.

Santo Domingo Palma Sola

Roberto Cassá

Listín Diario 

El Archivo General de la Nación patrocinó recientemente la producción del documental “La misión de Palma Sola”,  realizado por el profesor Aquiles Castro, en la actualidad encargado del Departamento de Referencias y en tiempos previos del programa de Historia Oral, que forma parte de las tareas de investigación y difusión que desarrolla la institución.

El filme recoge un momento importante de manifestación de la creencia religiosa iniciada por Olivorio Mateo en el valle de San Juan en 1908. Esta se transformó en un movimiento social a raíz de ser objeto de persecución por el gobierno de Ramón Cáceres y luego de la Infantería de Marina de Estados Unidos, los cuales la percibieron como atentatoria de los principios de la civilización y perturbadora de la estabilidad política.

En 1922 el profeta fue acribillado en la Cordillera Central por un destacamento de la tropa auxiliar dominicana creada por el Gobierno  Militar. El liborismo constituye uno de los capítulos más connotados de la historia social del siglo XX dominicano. Ya ha sido estudiado por profesionales, pero es mucho lo que todavía debe añadirse o aclararse.

La doctrina incorporó, durante tres generaciones, a multitudes del Suroeste. En un trabajo que estoy concluyendo lo tipifico como un medio de resistencia a la modernización, por lo que se insertaba en una agenda cargada de significaciones.

A poco de llegar al poder, en febrero de 1930, Rafael L. Trujillo dispuso recrudecer el hostigamiento a los partidarios de Olivorio Mateo, con lo que la creencia quedó sujeta a proscripción. Empero, los fieles seguían esperando el retorno del iluminado, en concordancia con el mensaje que había dejado de que estaba comisionado por Dios para la misión de implantar su reino en la tierra.

Esta expectativa es la que explica que tan pronto desapareciese el régimen de Trujillo se conociese una recomposición del liborismo y que la aldea de Palma Sola se constituyera en su núcleo. 

Como director general del AGN, quiero destacar que este documental representa un aporte al conocimiento del pasado del ayer reciente, a tono con el propósito que ha pautado el organismo desde hace años: no limitarse a ser un repositorio pasivo de  materiales documentales, sino contribuir al desarrollo de la conciencia histórica mediante la acción cultural.

Pero aunque patrocinado por la institución, “La misión de Palma Sola” es obra de Aquiles Castro, por lo que cualquier posición que contenga es de su autoría personal. En realidad, el Archivo General de la Nación no tiene la potestad de fijar criterios acerca de hechos históricos.

En los últimos ocho años, por ejemplo, ha publicado más de 200 libros, y en ninguno de ellos hay conceptos institucionales relativos al devenir nacional o cualquier materia conexa. La misión del Archivo radica en preservar el legado documental, organizarlo, describirlo y ponerlo al acceso de la comunidad, para lo cual desarrolla programas de difusión, como exposiciones, conferencias, mesas redondas, edición de fuentes, preparación de materiales educativos y otros. La visión que nos pauta es educativa, dirigida a la promoción de la historia nacional, a las luchas por la autonomía. 

Como investigador, tengo que ponderar el enorme mérito de la labor de Aquiles Castro en la realización del documental. Su aporte más importante radica en haber ofrecido voz a quienes normalmente no la tienen, en este caso los campesinos que participaron en esta movilización.  Aquiles no toma posición en torno a las versiones que recoge, sino que se centró en el propósito de que estas personas humildes expresaran sus pareceres acerca de la tragedia que les tocó vivir.

 Es bien conocido, y el documental de Aquiles Castro lo retoma, como es de rigor, que el capítulo del liborismo desarrollado a lo largo de 1962 alrededor de Palma Sola fue ahogado en sangre el 28 de diciembre de ese año. Acaso por ello, a diferencia de otros importantes capítulos del liborismo, empezando por la propia obra de Olivorio Mateo, lo acontecido en Palma Sola se ha rodeado de suposiciones que lo conectan con la política de entonces.

En tal sentido, debo referirme a algunas consideraciones que se externaron  al estrenar la película en el salón de actos del AGN, y aclarar que, por motivos de delicadeza, en tanto que principal funcionario de la institución, decidí no intervenir, pese a no compartir algunas de las posiciones allí enunciadas.

Me refiero en especial a la afirmación, expresada por un descendiente de protagonistas, de que el autor de la muerte del general Miguel Rodríguez Reyes fue el capitán Alejandro Deñó Suero, tío del coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó.

Esta aseveración fue apoyada por una investigadora con méritos sobrados acerca del conocimiento de Palma Sola, lo que realza más la gravedad de la inculpación. Quienes conocimos a Alejandro Deñó (Chibú) sabemos que cualquier actuación que hubiera hecho en aquellos días habría sido por indicación directa de su sobrino y superior.

De manera que se plantea un problema de indudable trascendencia, puesto que involucra a un prócer de nuestros anales, como es el coronel Caamaño, héroe de la gesta más sobresaliente de las luchas del pueblo dominicano.

Se ha supuesto que la muerte del general Rodríguez Reyes obedeció a un plan de la derecha gobernante, con el fin de preparar la perpetración de un golpe de Estado, habida cuenta de que él estaba escogido para ocupar la cartera de las Fuerzas Armadas en el gobierno de Juan Bosch, quien había ganado las elecciones una semana antes.

Aclaro que si se comprobara que Caamaño estuvo detrás de una conspiración, como se ha sostenido, tendente a asesinar al general Rodríguez Reyes, habría que admitirlo aunque implicara revisar su estatuto glorioso. 

En tal caso, participaría en una trama criminal que lo descalificaría como prócer. Es suficientemente conocido por los escritos de Claudio Caamaño Grullón y Hamlet Hermann que en esos días Caamaño dirigía el principal cuerpo policial para reprimir movilizaciones populares. Entonces él creía en el sistema de la democracia representativa, por lo que no era ni remotamente el revolucionario marxista que se hizo tras su protagonismo en 1965.

Era capaz, por temperamento y personalidad, de adoptar actitudes arbitrarias y hasta abusadoras. Ahora bien, esto es muy distinto a perpetrar un asesinato, como se desprende de las versiones de algunos palmasolistas. En tal sentido, no procede la caracterización hecha por un investigador participante, en el sentido de que Caamaño era entonces otra cosa.

Por las indagaciones que he realizado sobre el tema desde hace años, y al margen de cualquier consideración respecto al héroe revolucionario, estoy firmemente convencido de que Chibú Deñó no fue el autor de la muerte del general Rodríguez Reyes.

Militares como el entonces mayor Rafael Guillermo Guzmán Acosta, han expuesto de manera verosímil que, en el momento en que fue ultimado el general, Deñó Suero se encontraba en las filas policiales que todavía no habían penetrado a la aldea. La atribución de responsabilidad a Caamaño y a su tío se caracteriza por marcadas inconsistencias.

 Lo que sucedió el espantoso 28 de diciembre de 1962 alrededor de la muerte del general y de un elevado número de campesinos liboristas es algo que todavía nadie ha podido reproducir de manera coherente en todos sus aspectos. Las interpretaciones de los presentes se caracterizan por no coincidir en casi ninguna materia. Esto se puede comprobar en las decenas de entrevistas, disponibles para el público, que se encuentran en  el AGN.

Queda mucho por establecer acerca de lo acontecido. Es posible que nunca se logre armar un cuadro completo, por razones a ser discutidas. Ahora bien, estoy obligado a rechazar la insinuación formulada por uno de los descendientes de los palmasolitas  en el acto de lanzamiento del documental, de que se oculta deliberadamente información. Eso es absurdo en lo que respecta al Archivo General de la Nación.

Tal actitud pudo ser cierta, al menos en parte,  en los tiempos inmediatamente ulteriores a la matanza, cuyos alcances las autoridades quisieron minimizar. Empero, como investigador, no tengo constancia de que tal actitud haya pautado la práctica de cualquier organismo del Estado. Donde quiera que han aparecido documentos no se han presentado dificultades para su consulta. Me consta que han tenido reticencias para hablar solamente algunos agentes policiales que tomaron parte en el tiroteo que conllevó a las muertes.

Un tema tan espinoso como el número de caídos del 28 de diciembre, a diferencia de otros, sí puede ser abordado con las fuentes disponibles, en especial las producidas en el área de Historia Oral del AGN. Queda fuera de duda que una cifra oficial del Consejo de Estado, de 42, subestima gravemente la realidad.

Pero del lado de algunos de los testimoniantes palmasolistas se sobrestima el número real en una medida mucho mayor, cuando hablan de 800, 1,000 e incluso 1,300. Las entrevistas a personas que participaron en el enterramiento de las víctimas, realizadas por Aquiles Castro, en muchas de las cuales yo estuve presente, permiten llegar a la conclusión  de que en ningún caso los muertos pasaron de 200. Mi punto de vista es que la cifra aceptable oscila entre 100 y 150. En su momento, desarrollaré los argumentos al respecto, sustentados en las entrevistas aludidas.

Un aspecto distinto es determinar por qué los agentes policiales y, eventualmente,  los militares, protagonizaron esa masacre. Creo que no se trató de una operación planificada, sino que formó parte de una sucesión desgraciada de eventos derivados de la decisión gubernamental de que ese mismo día debía concluir la existencia del caserío de Palma Sola y de la resistencia mostrada por algunos seguidores. 

Pero la demostración de esta hipótesis, como la de cualquier otra, requerirá apoyarse en la crítica de los testimonios disponibles, así como de las crónicas periodísticas de entonces y otros documentos.

Una reconstrucción adecuada de lo sucedido choca con obstáculos, como el elevado número de personas presentes en un radio territorial bastante amplio, los hechos protagonizados en puntos diferentes, las diversidades de versiones entre todo tipo de participantes, el que aparentemente no se hiciera una autopsia al general Rodríguez Reyes y el que nadie se plantease en el momento formar un cuadro exhaustivo de lo que venía de producirse.

De todas maneras, no puede soslayarse el hecho de que algunos agentes protagonizaron una  matanza sin relación con lo que se hubiera requerido para asegurar el desalojo de los fieles, aunque se hubieran opuesto, dado el hecho de que no estaban armados.

Escapa a las atribuciones del AGN y a las intenciones del realizador de la fílmica, Aquiles Castro, llegar a conclusiones. Con la multitud de fuentes recopiladas, los investigadores, los mismos participantes y todos los interesados tienen la palabra.

 

la versión del periodico Hoy

 

“Al primero que mataron fue al general Rodríguez Reyes, porque esa era la idea: matarlo a él para acusarnos a nosotros”, expresa Adriana Rodríguez Beltré, hija mayor de uno de los mellizos de Palma Sola que tiene recuerdos escalofriantes de la masacre producida en el lugar el 28 de diciembre de 1962. Ella pudo conversar con el militar en los momentos previos a su caída.

Miguel Francisco Rodríguez Reyes llegó con siete oficiales, agrega, mientras los hijos de Plinio Rodríguez giraban alrededor de un círculo que el líder religioso trazó para protegerlos de lo que había vaticinado: el ataque. El general les ordenó: “¡Dejen esa ceremonia que vamos a formar un pelotón!”, cuenta Adriana. Añade que luego de pronunciar estas palabras “entró a la iglesia, se sentó, pidió un vaso de agua…”

“Yo salí y vi que todo estaba rodeado, de pronto sonó un disparo y el general salió: seguido lo mataron”.

Tanto Adriana como sus hermanos, primos y sobrinos se reunieron para denunciar la supuesta venta de los terrenos de Palma Sola, considerados como una reserva histórica.

Afirmaron que un hijo de Rodríguez Reyes estuvo persiguiéndolos y debieron ocultarse de él hasta hace poco, porque la falsa versión de que ellos asesinaron a su padre se transmitió por años.

De ese infausto momento conversan, además, con estupor y lágrimas, Susana, Américo, Josefina, Ylsa María y Manuel de Jesús Rodríguez Beltré, hijos de Plinio Rodríguez, uno de los mellizos que continuó la tradición del llamado “Papá Liborio”. Manuel es el menor.

Tuvieron que registrar Beltré como primer apellido pues su padre no lo pudo declarar, ya que fue exterminado en la masacre. Sus restos reposan en Palma Sola.

También ofrecen testimonios Urbana Cuevas Ventura, cuyo padre, Donato, alias Nonito, cayó en los sucesos, y Paulina Mora Rodríguez, sobrina de Plinio.

Los humildes descendientes repiten las mismas expresiones de los que gritaban en medio del tumulto, el calor, el fuego, las lacrimógenas, los disparos e incendios. Adriana no vivía en Palma Sola, sino en la casa de unos tíos en San Juan de la Maguana. Pero ese día mientras visitaba en la cárcel León Romilio Rodríguez, otro de los mellizos, apresado por el culto, un militar le mandó a decir a su padre que iban a ser agredidos y ella, valiente, fue a unirse a la familia.

-Mi hija, usted si es guapa, ¿a qué vino? Viene una comisión entre cielo y tierra que ustedes no podrán aguantar, y concluyendo sus palabras la niña, de 13 años, vio sobrevolar dos aviones. “Papá le pidió a la muchedumbre que lo dejaran solo, pero la gente no se fue, dijeron que preferían morir”, atestiguan.

Plinio pidió a su esposa, Ana Josefa Beltré, que le colara café y decretó:

-¡Ustedes verán ahora mismo! ¡Estamos aquí vivos pero pronto van a pasarle por arriba a los muertos, va a haber una guerra! ¡Salgan!

-¡No! ¡Aquí la vamos a esperar!, replicó Esthervina Cuevas, su hermana.

El papá observó a los militares desarmando a los liboristas y golpeando a un devoto llamado Avelino, “le quitó el arma y le dio con ella y ahí papá cayó muerto”, recuerdan.

“¡Caarajooo, los hombres!”. Adriana corrió al lugar donde derribaron a su padre. “Lo volteé, le quité la camisa y no tenía ni una gota de sangre”, narra. Muchas conjeturas y análisis científicos y populares se han hecho sobre este caso insólito que Adriana vivió y que suscriben sus parientes.

“Tenía dos crucifijos y dos espuelas. Mamá se lanzó sobre él, se levantó y gritó: ‘¡Caarajooo, los hombres! ¡Vamos a pelear aunque sea con palo y piedra!”.

Los adultos que hoy relatan estos episodios eran niños a los que las circunstancias obligaron a cubrirse de lodo por el humo, los gases y el abrasante calor, ya que además, la guardia incendiaba las viviendas, recuerdan.

Ana Josefa fue herida en un brazo y sangrando siguió exhortando a los atacados a defenderse. Los militares entraban a las casas y disparaban a todos, manifiestan.

“Recuerdo como ahora cómo fue herido Caamaño”, continuó Adriana. “Estaba parado con su ametralladora sobá y papá se la arrebató y él cayó herido”. Francisco Alberto era comandante de un cuerpo policial anti motines denominado Cascos Blancos. La dama confiesa que su familia lo conocía desde antes del acontecimiento. “Era amigo de mamá, de los mellizos y de Maura Medina, iba siempre por allá…”.

Los muchachos veían con tristeza cómo los militares “se llevaban en camiones la crianza y los bienestares de papá y mamá” pero no se detenían. “Nos reunimos y salimos y nos ocultamos detrás de una mata de palma”.

Adriana exclama: “Señores, hay que creer en Dios, esos militares nos pasaban cerquita y nosotros nos quedábamos calladitos, cuando se fueron cruzamos donde Nicanor…”. Salvaron sus vidas. “Pero murieron muchos tíos y sobrinos y padres. A Tulio y a Nicolás los amadrinaron por manos y pies y les prendieron candela. Tulio pudo salvarse. Vimos cómo a muchos fugitivos les sacaban el dinero de los bolsillos”.

“Buscaba a papá en los palos”. Los descendientes de los mellizos de Palma Sola se agruparon para entonar las salves que cantan a Liborio y a sus padres en las procesiones y ritos que celebran en el santuario al que ahora están impedidos de entrar. Lloran más que alegrarse, pese a los años transcurridos después del exterminio.

Américo solloza al decir que “eso nos afectó a todos” y Susana, bañada en lágrimas, revela: “Yo iba a los palos creyendo que eran mi papá. Hay días que amanezco con eso en la cabeza y no como”. Pero Josefina es la más afectada. Igual demuestra su pesar entre llanto pues al ser tan niña no conoció a su padre.

-¡Devuélvete que ahí viene la guardia a acabar lo que queda vivo!, es una de las exclamaciones que aún resuenan en sus oídos.
No vieron los cadáveres de sus parientes, amigos y vecinos.
“Palma Sola era un sitio de paz, de creencia en Dios, papá regaba maíz y decía: ‘Así vendrán las personas”, cuentan buscando explicación al genocidio.

Aseguran que Donald Reid y Rafael F. Bonnelly fueron “ofreciendo dinero a papá para que mandara a la gente a votar por ellos” y él respondió: “Yo no mando a nadie a votar”.

Enfatizan que los visitantes replicaron: “Si no votan les vamos a prender candela”.

Historiadores y sociólogos atribuyen a la matanza connotaciones políticas y el predominio de la Iglesia Católica, contraria al movimiento mesiánico. 1962 era un año electoral en el que se disputaban el poder los influyentes Partido Revolucionario Dominicano y la Unión Cívica Nacional.

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