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Cumbre de las Américas: ¿y nosotros qué?

Por Miguel Mejia 

 

La novena Cumbre de las Américas deberá tener lugar en Los Ángeles, California, el venidero mes de junio. A un mes escaso de esta cita, que debe reunir a los más altos representantes de las 35 naciones independientes del hemisferio, una espesa y peligrosa sombra de fracaso pende sobre ella, estando en entredicho, incluso, su propia celebración.

La razón principal de esta debacle diplomática para el errático gobierno de Joe Biden es su negativa a invitar a los representes legítimos de los gobiernos de Cuba, Venezuela y Nicaragua, atribución que rebasa sus funciones como anfitrión y que usurpa las de la Secretaría General de las Cumbres.

Es como si el MIU rentara un salón para reuniones en un hotel y que de repente el administrador del hotel se atribuya el derecho de decirle quienes pueden participar y quienes no, porque no le gusten sus ideas políticas o su ideología.

La primera Cumbre de las Américas tuvo lugar en 1994 en Miami, Estados Unidos, siendo presidente Bill Clinton. Se le definió como un mecanismo de conciliación, no de guerra política encubierta, para discutir asuntos comerciales y diplomáticos. El diálogo, y no las exclusiones, las sanciones y la unilateralidad arrogante del imperio, se suponía que fuera la norma de su accionar. Siendo, como se proclamó, un encuentro entre iguales se suponía libre de hegemonía, ajena a la doctrina Monroe, y muy distante de la política de las exclusiones y del Gran Garrote de Theodore Roosevelt.

En la venidera Cumbre, la decisión, proclamada alto y claro, de no invitar a tres estados soberanos porque disgustan al gobierno de los Estados Unidos, demuestra cuánto se ha retrocedido en la política internacional de paz y diálogo, y cuánto se ha profundizado la decadencia norteamericana y su incapacidad para promover el consenso, si no es aplicando el terror y la violencia, que caracteriza su irremediable pérdida de liderazgo.

La buena noticia aquí es la reacción continental ante esta infamia, lo cual demuestra que América Latina y el Caribe ya no están dispuestos a ser dócil comparsa de estos grupos hegemónicos, y que defenderán el derecho y la justicia, aún si deban por ello enfrentarlo.

El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, elevándose a una altura histórica y enarbolando los ideales de Bolívar, Juárez y Martí, ha encabezado la condena a este intento, declarando que, si hay exclusiones, no asistirá a la cita de junio, ejemplo seguido por las 15 naciones que conforman el CARICOM, y los presidentes de Bolivia y Honduras.

A reserva de que esta postura puedan compartirla otros gobiernos que aún no se han pronunciado, sumando a los tres países excluidos, tendríamos que el 60% de los estados potencialmente participantes no concurrirán a la cita o reducirán visiblemente el nivel de su representación: una “gran victoria” que convierte a Estados Unidos de excluidor en excluido.

Joe Biden fue vicepresidente de Obama. Parece que no escuchó cuando aquel, refiriéndose al bloqueo contra Cuba, reconoció su fracaso y que “… en el intento por aislar a Cuba los aislados fuimos nosotros”, refiriéndose a su propio país. Convendría que alguno de sus asesores se lo recordaran.

La pregunta con la que quiero cerrar esta reflexión es elemental y de lugar: Y nosotros, la República Dominicana, ¿qué?
¿Seguiremos a los Estados Unidos en esta enloquecida carrera al desastre, o le expondremos francamente las razones que asisten a los que abogan por el diálogo, la diplomacia, la paz, y la inclusión? ¿Tendremos la integridad suficiente para que, sino prima la razón, no asistir? Posicionándonos, de esta forma, a favor de la integración regional y la fraternidad entre pueblos hermanos.

Tiene la palabra el presidente Luis Abinader. Sepa que lo observa, no solo el pueblo dominicano, sino también los paladines del sueño antillanista y de la constitución de una América unida y solidaria, entre ellos Hostos, Luperón, Máximo Gómez y José Martí.

Son tiempos de unidad en la diversidad, no de exacerbar los enfrentamientos, las revanchas, los odios y la prepotencia sórdida, típica de los colonialismos y los imperialismos.

Aún estamos a tiempo de salvar el futuro del hemisferio y de sentirnos orgullosos de este gobierno y de este país.

No nos falle, presidente Abinader. No le falle a los pueblos hermanos. No le falle a su propio pueblo.

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